sábado, 9 de octubre de 2010

Los libros perplejos (15) - Bajo el influjo del cometa


Llego a este libro de cuentos sin recomendación ninguna; paseando en la feria del libro ojeando la caseta de la editorial Salto de Página, me atrajo, lo adquirí, y agradecido estoy de haberme dejado llevar por la intuición. No conocía a Jon Bilbao, autor de 38 años con aún poco bagaje, pero de enorme calidad. Practicante también de la escritura de ciencia ficción, algo de todo ese halo inexplicable y misterioso del género se ha trasvasado a estos cuentos.
Son en total 8 relatos, y cuesta trabajo destacar uno sobre el resto. Además de ese halo de algo inminente y trágico a punto de pasar, existen otro par de rasgos compartidas en estos cuentos. En primer lugar, la sensación del lector de que sabe la solución del problema, acertijo o hecho misterioso, aunque el autor nunca se lo confirme y de ahí la necesidad de seguir leyendo, para certificar nuestra continuación narrativa del cuento. En segundo lugar, la ausencia de comillas en sus diálogos, algo compartido con otros autores con Cormac McCarthy. Por último, la ausencia de nombres propios para designar a sus protagonistas, lo cual redunda en ese aire de algo inexplicable y oculto que convive con nosotros en la vida. Estos dos últimos rasgos implican por parte del lector un periodo inicial de acomodación a su escritura, pero pasadas unas páginas prudenciales, se supera el escollo.
Sus ficciones parten de asuntos menores, de personas comunes que pronto empiezan a comportarse de manera poco ordinaria, y de ahí surge el motor de cada narración. Ejemplo claro de esta premisa son el primer cuento "Los espías", y el último, que da nombre al libro, "Bajo el influjo del cometa".
Hace pocos días acaban de concederle a este libro el XXXII Premio Literario Tigre Juan.

Una noche en la ópera (10) - Rise and Fall of the City of Mahagonny


Comienza temporada el Teatro Real de mis amores y pesares, comienza nueva era, el quinquenio Mortier -"recuerda que eres mortal"-, y comienza con un título inédito en la temporada operística madrileña, Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny del tándem Brecht-Weill. Mortier, perro viejo, presenta este proyecto aquí, al igual que hizo al comienzo de su etapa salzburguesa; digamos que es una de sus obras-receta para mover nuestra conciencia y el diálogo social.
Esta obra, cuyo germen está en una anterior de 1927 en un sólo acto, data de 1930, y trata de mostrar las desgracias que inflige el capitalismo, como sistema económico predominante. Si se piensa que en su versión final, la ópera fue estrenada en 1920 en Berlín, con desasosiego general, cómo no habría de ser hoy día, donde no se piensa ni siquiera que exista alternativa al sistema capitalista, inquietante. No obstante, todo el argumento, a pesar de reconocer su enorme carga de profundidad mediante el sarcasmo, suena un poco a ya visto, ya entendido.
La música de Weill es una mezcla de lo nuevo -procedimientos politonales, jazz, instrumentación canalla-, y viejo -números cerrados, arias neobarrocas, melodías recordatorias del coral protestante, aunque con una función menos piadosa-. Y algunos números, en esta estructura antiwagneriana y antidebussysta, han cobrado vida propia como la famosa Alabama's song.
La Fura, encargada de la puesta en escena, vuelve a los medios de su primera época, dejando al margen vídeos y pantallas. Crean un escenario único, el vertedero en el que habitamos, metáfora de la degradación a la que nos lleva el poderoso caballero Don Dinero. Hay imágenes poderosas como la alimentación a través de un sistema de granja animal en el que comemos pienso. Es una cruda puesta en escena que ejemplifica muy bien la falta de salida, de escapatoria, la imposibilidad del amor y la amistad en el mundo descrito.
Una grata sorpresa ha sido ver en acción a Pablo Heras, director español de moda. Gesto flexible y que deja margen de actuación a la orquesta, sentido rítmico impecable y atento a los del escenario dándoles entradas y cantándoles el texto. El coro, el nuevo coro que estrena Mortier en su época, sonó bien, aunque al día de hoy tampoco hay diferencia con el coro echado a la calle de la Orquesta Sinfónica de Madrid.
Del elenco solista sobresalió en el rol de Jack O'Brien el americano John Easterlin, no sólo por su buena colocación vocal, sino por su prestación escénica. Williard White, como Trinity Moses, tiene imponente presencia, pero vocalmente no todas las frases están igual de proyectadas, y pierde mucho volumen cuando habla. La expectación creada por su debú en España de Measha Brueggergosman se vio en mi caso defraudada. La voz es de calidad, pero demasiado pequeña, o al menos como tal sonó.
Con todo, espectáculo sumamente agradable y gozoso de ver y escuchar.

Aquí va la escena final de la función del pasado 30 de septiembre