domingo, 27 de febrero de 2011

Un día en las carreras (12) - XII Carrera de las Empresas


Domingo 19 de diciembre. Con esta carrera despido el año 2010, un año lleno de emociones atléticas y del que guardaré un gran recuerdo por ser el año de mi primera maratón, además de por haber descubierto el placer de las carreras y la suerte que he tenido de no tener lesiones y poder entrenar con regularidad.
La Carrera de las Empresas se desarrolla Castellana arriba y abajo y tiene dos modalidades: 6Km y 10Km. La condición es participar con tu empresa, de manera que allá vamos la empresa IES Juana de Castilla (por raro que parezca Luis Carlos nos inscribió como tal y no hubo problema), y nuestro equipo atlético formado por dos personas: Luis Carlos y yo. Mucha animación y mucho atleta dominguero, de esos que vienen poco rodados, que entre bromas y veras se han visto obligados a participar con su empresa y que van a tener dolores articulares y agujetas durante al menos 10 días después de la carrera.
Pistoletazo de salida a las 9h de la mañana: Luis Carlos llega con retraso y me pone de los nervios. Igual que la semana anterior salgo sin ahorrar nada, y como la semana anterior me veo frenado en los kilómetros de subida hasta Plaza de Castilla. El tiempo final es idéntico al del Trofeo Akiles 42'55'. O sea, una copia exacta de la carrera, lo cual se puede entender de manera positiva como regularidad. Luis Carlos mejora su marca del Akiles hasta 45' 21''. De manera que los dorsales 1916 y 1917 en su labor de equipo suman 1h 28' 16'' en los puestos individuales 265 y 479. Como equipo somos un honorable puesto 26 de 132 equipos masculinos de 2 corredores que realizaron la carrera de los 10 km. No hay que darle más importancia. Es una forma de disfrutar del atletismo y de Madrid.

Un día en las carreras (11) - XXX Trofeo Akiles


Con cierto retraso me hago la crónica de una de las carreras más consilidadas y queridas del calendario: el Trofeo Akiles. Se corre exclusivamente por la Casa de Campo, lo cual siempre es de agradecer por la pureza de su aire y el entorno natural. Es una carrera bastante cómoda, en el sentido de que rompe las piernas menos que otras, pero nadie piense por ello que es llana. En Madrid no hay carreras llanas, sino al principio será en el final cuando tengas la "tachuela" que te rompa el ritmo.
Voy a correrla junto a Luis Carlos, compañero matemático del trabajo, y experto en esto del atletismo, pues no en vano llena quizá treinta años destrozando zapatillas. La mañana, típica del invierno es fría y seca. Ya el año pasado corrí esta carrera y al final observé y recordaba la montonera que se forma a la salida; de manera que para este año optamos por colocarnos tan adelante como podamos en la salida.
Son 2434 corredores y la salida junto al lago es estrecha.
Pistoletazo de salida y salgo con ganas. Primer kilómetro en 4'... no sé si demasiado rápido o no. No recuerdo más tiempos intermedios, pero sí como las cuestas, sobre todo la del Km4 y 5 nos van frenando a todos. En el descenso me encuentro con Pipe, el cual me adelanta. Llego a la meta con una marca que considero buena: 42'44'', a 4'18'' el kilómetro. El puesto en la general es el 495.
Luis Carlos hizo 46'27'', entrando en el puesto 1063. Reconoce estar en baja forma y falto de entrenamientos.
Carrera de organización impecable. Seguramente la correré también el próximo curso.
La próxima semana estamos inscritos en la Carrera de las Empresas.

Si quieres ver mi llegada, pincha AQUÍ. Aparezco en los segundos finales.

martes, 22 de febrero de 2011

Una noche en la ópera (18) - La página en blanco de Pilar Jurado


Tras varios años en los que el Teatro Real no ha propiciado ningún estreno, esta temporada nos ofrece La página en blanco de Pilar Jurado. En principio es de alabar siempre iniciativas de tal tipo; ahora bien, la trayectoria mantenida por el Teatro hasta la fecha es la del estreno y luego si te vi no me acuerdo, es decir, hasta la fecha que te estrene una ópera el Teatro Real viene a ser como echarte un mal fario a tu ópera para que nunca más vuelva a subir a un escenario, cuando justamente es el proceso contrario el que debiera existir; el proceso de reponerla para con el tiempo, un par de temporadas, ver si la obra aguanta sin la presión del estreno y volver a escucharla, pues nadie es capaz de juzgar correctamente con una única audición.
En fin, en esto estamos. Me acerco desprejuiciado al evento, a pesar de tener mis impresiones sobre la autora. El tema de la ópera ha sido publicitado como de rabiosa actualidad, un tema en el que el público se va a sentir implicado, en palabras de la autora, un "cibercrimen", que es algo novedoso y nunca vista en un coliseo operístico. Pilar Jurado es la compositora; pero también es la que canta el rol protagonista femenino, y también es la que ha escrito el libreto. Me puedo imaginar que si se descuidan en el teatro, se poner a coser el vestuario, a pintar telones y a diseñar las luces. Cuando uno vale, es que vale.
Como compositora es salvable su trabajo, lo cual tampoco tiene tantísimo mérito hoy en día en que nadie compone ex novo, sino que se escribe la música en el ordenador, con un editor de partituras tipo Finale o Sibelius, y se puede escuchar con tremenda fidelidad lo escrito, lo cual permite modificar tantas veces como se quiera el resultado hasta quedar satisfecho. No quiero con esto quitar el esfuerzo y el juicio estético que se precisa para realizar tal tarea, componer, pero sí ponerla en su justo emplazamiento.
En cuanto al libreto es de una pobreza aterradora. No se trata de crear diálogos, ni tener una idea para el texto, sino de crear todo desde el punto de vista dramático y no como mera concatenación de escenas. Además la altura literaria, independientemente de la carencia o banalidad de drama, es cortísima, desprendiendo todo un tufo a ya visto que hace que nunca levante vuelo.
La puesta en escena no me pareció acertada. Todo el montaje, una habitación elevada donde el compositor se enfrenta a su tarea de escribir música, y una habitación inferior, a veces usada como sucio cuarto de máquinas de una teóricamente muy tecnológica y avanzada institución. Para crear un escenario tan escueto, de medidas tan escasas, no se precisa un escenario como el Teatro Real. La escena ha transformado a la ópera en una ópera de cámara. Concepto este también reflejado en la utilización del coro como un instrumento más, y por tanto, sentado en el foso con la orquesta.
Me chocó también como siendo la ópera en español, sólo ella entre los principales era española, siendo el resto del elenco como el compositor Ricardo Estapé el alemán Otto Katzameier, como Xavi Novarro el tenor austriaco Nikolai Schukoff, y como Marta Stewart, la mezzo vienesa Natascha Petrinsky.
Y para terminar algo aún más chocante. Creo que por parte de la autora hay una pretendida confusión entre ficción y realidad: su rol, el estelar, el de mujer que enamora, el de mujer seductora e irresistible, el de científica eminentísima se llama Aisha Djarou, obvio anagrama de su propio nombre. Aunque no es mi estilo, no me parece mal que alguien vaya por este mundo pisando tan fuerte y con la autoestima a prueba de ejércitos y bombas nucleares, pero la falta de pudor es absoluta. Al final todo se reduce a la cantilena de yo, mi, me, conmigo, para mi, de mi......

Una noche en la ópera (17) - Amadeu de Boadella


Dentro de la buena oferta de la cartelera madrileña, se produce el estreno de Amadeu, un musical o algo parecido concebido por Boadella en el Teatro Canal, teatro que dirige en la actualidad. Son muchos los años en que Boadello lleva en esto del teatro y cierto es que tiene un estilo propio, una manera de entender el hecho teatral en el que proyecta continuamente tanto sus filias como sus fobias. Amadeu no escapa a esta peculiar manera de ser de su autor. Todo el musical está centrado en la figura de Amadeu Vives, el magnífico compositor catalán autor de La Francisquita, entre otras joyas de la lírica.
El argumento es banal: a un becario de una redacción periodística se le encarga la confección de un artículo sobre este autor tras conocerse la noticia de que por problemas financieros de su familia, su cuerpo va a ser "desenterrado" de su tumba, ante la pasividad de los Instituciones catalanas, que ante la falta de autenticidad "catalana" de Vives, le parece una patata caliente en sus manos. A este becario, ajeno al mundo de la clásica y proveniente del pop y rock, se le presenta el espíritu del mismísimo Amadeu, y van desgranándose escenas de su propia vida con los injertos musicales correspondientes. Todo ello trufado de estacazos a diestro y siniestro a políticos, a la catalanidad mal entendida, y a todos aquellos que hablan verdades monumentales por la boca pero que en realidad son una versión nuestro del fundamentalismo ideológico.
Aunque nunca he sido partidario de este tipo de biografías con ejemplos musicales, he de reconocer que pasamos un buen rato en el teatro y que la función no tuvo tiempos muertos: dramatúrgicamente todo funciona y la selección de la música es un acierto, con momentos muy emotivos como el del Himno de Mallorca. El montaje escénico es muy simple, con una disposición como de music-hall con la boca del escenario ocupada con un piano en el centro izquierda, y la orquesta en un segundo plano, encima del escenario, lo cual implica un riesgo a la hora de concertar con los solistas.
El papel del becario Jordi lo realizó Raúl Fernández, aportando todo lo que pudo a este papel falto de desarrollo. La parte del león se la lleva Antoni Comas, tenor, pianista y excelente actor -no sólo esto sino que debía en la escena mostrar siempre la discapacidad de mano y pierna derecha consecuencia de la polio de Amadeu Vives-. Con todo merecimiento logró el éxito de la noche y la función reposa en sus espaldas.
El elenco que me tocó en suerte fue con la soprano Auxiliadora Toledano, de proyección ascendente, la mezzo Joana Thome, falta de proyección vocal en algunos momentos, e Israel Lozano, tenor entregado. Con esta obra debutaba el Coro Joven de la ORCAM, bajo la sabia dirección de Félix Redondo, y al fondo, que no en el foso, estaba la JORCAM, bien dirigida por Manuel Coves.

jueves, 10 de febrero de 2011

Los libros perplejos (21) - Todo lo que sé de los hombrecillos de Juan José Millas


Aunque no soy partidario de estar leyendo las últimas novedades porque considero que hay una hipervaloración de la mayoría de ellas con claros objetivos de propaganda de mercado, he leído con gusto el breve último título de Juan José Millás, Lo que sé de los hombrecillos. Reconozco su buena escritura, su gran imaginación para los argumentos y su habilidad para hacernos pensar en la extrañeza de la realidad circundante.
El libro puede ser entendido como una metáfora del malestar vivencial de nuestra sociedad, o no puede ser entendido así. La historia engancha y se lee con agrado, pero sigo pensando que en sus columnas tiene más pegada que en la distancia media o larga. Siempre me dejan sus novelas un poco de vacío, de insatisfacción. El argumento es como una historieta estirada durante más páginas de las precisas; se parte de una anécdota, una situación hilarante, y se explota esta situación hasta sus últimas consecuencias. Hay algo de insustancialidad, le falta más chicha. Tampoco es que cada novela tenga que contener todo lo humano y divino en su interior, pero la sensación de un juego "menor", de no tener "peligro" es inevitable tras acabar su lectura.

Los libros perplejos (20) - El testamento del hijo pródigo de Soma Morgenstern


Llevo meses esperando la publicación de este libro, y finalmente por diciembre Funambulista sacó esta excelente novela, tercera parte de la trilogía Destellos en la oscuridad que ha venido publicando en estos últimos años. Soma Morgenstern es un escritor escasamente conocido. Llegué a él a través de su libro de memorias Alban Berg y sus ídolos, donde narraba no sólo su amistad con el compositor vienés, sino también el ambiente entre guerras de aquellos gloriosos desde el punto de vista artístico años veinte. También tiene otro libro de recuerdos sobre Joseph Roth. Pero quizá sea en la trilogía que ahora se completa donde se encuentre el mejor Morgenstern.
Morgenstern nos termina de narrar el proceso de conversión de un joven Alfred Mohylewski al judaísmo tras el conocimiento de su tío Welwel y el pueblo de Dobropoljie. En esta ocasión el centro está puesto en las cartas que el padre de Alfred manda a su hijo para que este pueda comprender el proceso que le llevó a abandonar el judaísmo por la religión cristiana. Novela típica centroeuropea con la descripción de un estilo de vida y una situación político-cultural que la Segunda Guerra Mundial ahogaría.
Personajes bien definidos, diálogos bien trenzados, cadencia de acontecimientos no pausada ni agitada... En resumen, magnífico prosista en una edición bien cuidada. Me interesa todo lo que escribe Soma Morgenstern. (En 1941 consiguió llegar a Nueva York. Toda su familia pereció en el holocausto nazi). Cuando hay tanto libro fullero y pretencioso, encontrar un autor como este es una llegada al paraíso de la buena y gran literatura.

viernes, 4 de febrero de 2011

Una noche en la ópera (16) - Iphigenie en Tauride


Prosigue la programación del Teatro Real con este título de Gluck que hará unos diez años puede ver en concierto a Minkowski cantando Keenlyside el papel de Orestes y Mireille Delunsch el de su hermana Iphigenie. Pocas historias tan jugosas para el teatro y la ópera como los avatares de los Átridas. Con Gluck habiendo ya establecido con firmeza su propuesta de remodelación del teatro lírico, este título, el último de su vida de 1779, es una auténtica delicia también por su calidad en el libreto. La supresión del recitativo seco por el acompañado de orquesta dota a la obra de una continuidad dramática emparentable en el pasado con las primera óperas barrocas -Monteverdi- y se proyecta hacia el futuro, pues Wagner bebió de esta fuente para establecer su continuo musical en su drama con música o en música.
La puesta en escena de Carsen es un acierto, tras la más floja de su Salomé de la pasada temporada. Un rectángulo negro como escenario, supresión de atrezzo casi total y un grupo numeroso de figurantes. Ya en la obertura se escriben los nombres de esta historia: Agammenon, Elektra, Orestes, Iphigenia... que conforme se nos van desgranando sus destinos con sus finales trágicos van siendo borrados. La puesta en escena es a base de intensificar el sentimiento del personaje. Vestuario en negro, y coro situado en el foso (aunque cantaron de memoria, gesto innecesario que poco aporta).
Vi al elenco formado por Riccarda Wesseling como Iphigénie, un demasiado gesticulante Lucas Meachem -triunfador de Die Tote Stadt en este teatro- como Orestes, y Yann Beuron, resultón pero escaso de recursos como Pylade. La ópera es un canto al amor entre amigos, así como al amor fraternal. Espectáculo concentrado, conciso y sin ramalazos argumentos que distraigan.

Los libros perplejos (19) - The Road de McCarthy


Aunque no soy muy partidario de leer novelas muy recomendadas, cedo a la tentación de leer este libro del 2006 de Cormac McCarthy de tanto éxito que hasta ha sido llevado al cine. La causa principal es por leerlo en inglés y antes de ver la película. Es un libro desolador, un mundo apocalíptico de un futuro quizá no demasiado lejano. No figura nombres propios y la descripción de este mundo es aterradora: sin explicar nada deja entender un caos nuclear que calcina todo; sin bosques, con ríos contaminados, sin animales para cazar, sin apenas humanos viviendo y con los poco vivos devorándose entre sí. El protagonista con un niño a su cargo intenta llegar al sur en busca de un mejor clima, o al menos, alguna subida en las temperaturas y con el firme propósito de no abandonar el lado humano y dejarse llevar por el canibalismo. La novela es desoladora.
La película obviamente deja al margen varios episodios de la novela, pero sí refleja bien la angustia de vivir en semejante mundo, todo gris y negro y con cenizas por doquier.