
Tras varios años en los que el Teatro Real no ha propiciado ningún estreno, esta temporada nos ofrece La página en blanco de Pilar Jurado. En principio es de alabar siempre iniciativas de tal tipo; ahora bien, la trayectoria mantenida por el Teatro hasta la fecha es la del estreno y luego si te vi no me acuerdo, es decir, hasta la fecha que te estrene una ópera el Teatro Real viene a ser como echarte un mal fario a tu ópera para que nunca más vuelva a subir a un escenario, cuando justamente es el proceso contrario el que debiera existir; el proceso de reponerla para con el tiempo, un par de temporadas, ver si la obra aguanta sin la presión del estreno y volver a escucharla, pues nadie es capaz de juzgar correctamente con una única audición.
En fin, en esto estamos. Me acerco desprejuiciado al evento, a pesar de tener mis impresiones sobre la autora. El tema de la ópera ha sido publicitado como de rabiosa actualidad, un tema en el que el público se va a sentir implicado, en palabras de la autora, un "cibercrimen", que es algo novedoso y nunca vista en un coliseo operístico. Pilar Jurado es la compositora; pero también es la que canta el rol protagonista femenino, y también es la que ha escrito el libreto. Me puedo imaginar que si se descuidan en el teatro, se poner a coser el vestuario, a pintar telones y a diseñar las luces. Cuando uno vale, es que vale.
Como compositora es salvable su trabajo, lo cual tampoco tiene tantísimo mérito hoy en día en que nadie compone ex novo, sino que se escribe la música en el ordenador, con un editor de partituras tipo Finale o Sibelius, y se puede escuchar con tremenda fidelidad lo escrito, lo cual permite modificar tantas veces como se quiera el resultado hasta quedar satisfecho. No quiero con esto quitar el esfuerzo y el juicio estético que se precisa para realizar tal tarea, componer, pero sí ponerla en su justo emplazamiento.
En cuanto al libreto es de una pobreza aterradora. No se trata de crear diálogos, ni tener una idea para el texto, sino de crear todo desde el punto de vista dramático y no como mera concatenación de escenas. Además la altura literaria, independientemente de la carencia o banalidad de drama, es cortísima, desprendiendo todo un tufo a ya visto que hace que nunca levante vuelo.
La puesta en escena no me pareció acertada. Todo el montaje, una habitación elevada donde el compositor se enfrenta a su tarea de escribir música, y una habitación inferior, a veces usada como sucio cuarto de máquinas de una teóricamente muy tecnológica y avanzada institución. Para crear un escenario tan escueto, de medidas tan escasas, no se precisa un escenario como el Teatro Real. La escena ha transformado a la ópera en una ópera de cámara. Concepto este también reflejado en la utilización del coro como un instrumento más, y por tanto, sentado en el foso con la orquesta.
Me chocó también como siendo la ópera en español, sólo ella entre los principales era española, siendo el resto del elenco como el compositor Ricardo Estapé el alemán Otto Katzameier, como Xavi Novarro el tenor austriaco Nikolai Schukoff, y como Marta Stewart, la mezzo vienesa Natascha Petrinsky.
Y para terminar algo aún más chocante. Creo que por parte de la autora hay una pretendida confusión entre ficción y realidad: su rol, el estelar, el de mujer que enamora, el de mujer seductora e irresistible, el de científica eminentísima se llama Aisha Djarou, obvio anagrama de su propio nombre. Aunque no es mi estilo, no me parece mal que alguien vaya por este mundo pisando tan fuerte y con la autoestima a prueba de ejércitos y bombas nucleares, pero la falta de pudor es absoluta. Al final todo se reduce a la cantilena de yo, mi, me, conmigo, para mi, de mi......