
Con este título termina la puesta en escena en el Teatro Real de la trilogía operística monteverdiana enconmendada en su dirección escénica a Pier Luigi Pizzi y la musical a William Christie. Habiendo visto ya las dos anteriores en las dos temporadas pasadas, ni que decir tiene que tenía verdaderas ganas de no perderme esta y completar el paquete.
La puesta en escena de Pizzi siempre es inteligente, y aquí también lo fue. Con un decorado neoclásico y un vestuario refinado recordatorio de los tiempos romanos, la dirección de actores fue precisa y eficaz, centrando siempre la atención del espectador en aquello necesario para el seguimiento de los hechos y no añadiendo nada superfluo.
Para esta ópera, cuya autoría es compartida, se ha realizado una nueva edición musical basándose en la versión de Venecia. El conjunto instrumental de William Christie, dividido en 2 grupos para realizar los acompañamientos a dos personajes distintos en los diálogos, supone toda una lección de cómo debieran haberse hecho oír estas óperas en sus días. Todo está en su sitio, y otorga la suficiente variedad tímbrica a todos los acompañamientos para evitar el tedio.
El elenco fue espectacular, sobre todo, su pareja protagonista: Danielle de Niese como Poppea y Jaroussky como Nerone. Conocía a de Niesse por grabaciones discográficas y había disfrutado con su estilo y frescura vocal (hoy todavía está en el grupo de las "-inas"), pero la experiencia de verla en directo me ha convencido de su talento. Que a los 19 cantara en el MET Barbarina es dato de precocidad, pero el mundo del marketing disfraza a los mediocres con talentos. Este no es el caso. Es una cantante muy expresiva, de buen color vocal y de importante presencia escénica; incluso demasiada diría yo, pues había que echar mano de mucha imaginación para no ver que era "mucha mujer" para un físico como el de Jaroussky.
Pero es que Jaroussky tiene una voz de contratenor privilegiada. Frente a los contratenores de voz endeble y falta de proyección, Jaroussky llena el teatro con su voz, y su capacidad expresiva y técnica tampoco es producto de retoque en el estudio.
También me convenció Anna Bonitatibus en sus dos grandes arias, en especial la doliente "Addio,Roma". Algo más flojo estuvo Cencic como Ottone, todo sea por la comparación directa con Jaroussky. Y también el un punto sordo de emisión y falto de peso en los graves, Antonio Abate, como Séneca, un habitual en el mundo de la música antigua. La idea de la nodriza que fuera interpretada por un personaje masculino no es original, se ha hecho alguna vez antes, pero funciona a las mil maravillas y dota a la ópera de su vis cómica.
Era la segunda vez que veía en directo la ópera, y también la de mayor calidad. Para mi gusto el dúo final de los amantes, cuya música es de Ferrari, fue llevado con demasiado brío por Christie, pero reconozco que es un detalle menor dentro de la fantástica noche de ópera que pasé.
PD. ¿Sería posible hacer una ópera contemporánea con el recitar cantando monteverdiano?









