
Sus títulos son La dama de la furgoneta, original de 1989, y Una lectora nada común, de 2007. Mientras que la primera está basada en hechos reales, por muy extraños que nos parezcan, la segunda parte de la ficción de cómo la reina de Inglaterra Isabel II se aficiona a una edad tardía a la lectura, y cómo esta absorbente afición le cambia el carácter. Es una profunda reflexión de por qué leemos, para qué leemos y qué significa leer; tanto más profunda por cuanto el protagonista es un personaje hierático, acostumbrado a estar muy por encima de unas vicisitudes que como humanos nos circundan, personaje en una situación intocable ante la porción de realidad diaria que nos vemos obligados a tratar y tragar.

La dama de la furgoneta, a pesar de contar con situaciones esperpénticas, que podrían provocar la risa, está narrada con mucha delicadeza y ternura. La capacidad del escritor de ver a la persona, al ser humano, que existe debajo de unos harapos, y de tratar con el respeto merecido a esta persona es encomiable. El personaje es Miss Shepherd, del que pocos datos nos da, y del que únicamente vamos conociendo sus peculiaridades a través de una serie de anécdotas. Es un personaje de tal fuerza que se nos antoja escasa la duración del libro; sin dudarlo, daba para mayor enjundia la obra. La parte positiva es que en ningún momento hay sentimentalismo o victimismo, ni tampoco pretende el autor, a pesar de haber permitido que Miss Shepherd viviera en su jardín durante quince años, atribuirse más méritos de los que se deducen de su acto ni emitir juicio de valor alguno. Al final los retratos tanto de Miss Shepherd como de la reina Isabel II son entrañables.
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