
Prosigue la programación del Teatro Real con este título de Gluck que hará unos diez años puede ver en concierto a Minkowski cantando Keenlyside el papel de Orestes y Mireille Delunsch el de su hermana Iphigenie. Pocas historias tan jugosas para el teatro y la ópera como los avatares de los Átridas. Con Gluck habiendo ya establecido con firmeza su propuesta de remodelación del teatro lírico, este título, el último de su vida de 1779, es una auténtica delicia también por su calidad en el libreto. La supresión del recitativo seco por el acompañado de orquesta dota a la obra de una continuidad dramática emparentable en el pasado con las primera óperas barrocas -Monteverdi- y se proyecta hacia el futuro, pues Wagner bebió de esta fuente para establecer su continuo musical en su drama con música o en música.
La puesta en escena de Carsen es un acierto, tras la más floja de su Salomé de la pasada temporada. Un rectángulo negro como escenario, supresión de atrezzo casi total y un grupo numeroso de figurantes. Ya en la obertura se escriben los nombres de esta historia: Agammenon, Elektra, Orestes, Iphigenia... que conforme se nos van desgranando sus destinos con sus finales trágicos van siendo borrados. La puesta en escena es a base de intensificar el sentimiento del personaje. Vestuario en negro, y coro situado en el foso (aunque cantaron de memoria, gesto innecesario que poco aporta).
Vi al elenco formado por Riccarda Wesseling como Iphigénie, un demasiado gesticulante Lucas Meachem -triunfador de Die Tote Stadt en este teatro- como Orestes, y Yann Beuron, resultón pero escaso de recursos como Pylade. La ópera es un canto al amor entre amigos, así como al amor fraternal. Espectáculo concentrado, conciso y sin ramalazos argumentos que distraigan.
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