
Dentro del Festival del Festival de El Escorial, asistí a lo que desde mi punto de vista es su plato fuerte: Tosca de Puccini. A priori el atractivo principal además de volver a encontrarme con este título en directo, es ver a Juan Pons como Scarpia, pues su enorme carrera garantiza una calidad, a pesar de que cuando participó en el Teatro Real hace unos tres años como Tonio de Pagliacci, dio muestras de fatiga y de que quizá sus mejores tiempos habían pasado.
La representación fue estupenda en líneas generales. Joan Pons está muy bien aún de voz y las muestras de fatiga no se notaron en absoluto. Su Scarpia está lleno de intenciones, de frases amenazantes, como corresponden al personaje, pero también de frases dejadas caer en un susurro, de gestos despóticos y de miradas torvas, concupiscientes, airadas y fulminantes. Toda una delicia ver cómo se hace odiar. La Tosca de Elisabete Matos, que ya la tiene placeada, fue de enorme energía y valentía; acierta en considerar a Tosca a una mujer de armas tomar aunque cuando tenga el defecto de los celos; me sorprendió gratamente. Aquiles Machado debutaba el papel y fue el más flojo de los tres, incluso con algún problema en los agudos, pues el ensanchamiento de su voz y oscurecimiento le están dejando en contrapartida una pérdida de tesitura en los agudos. Habrá perdido como 20 kilos de peso, y frente a una mujer como la Matos se le nota su falta de altura.
La dirección de escena fue de John Dew y venía de la Ópera de Kalsruhe. Comete algunos errores graves: Scarpia es autoridad civil, no eclesiástica, de manera que no puede vestir como un cardenal, aun cuando quede tan bonito el traje. A ambos lados del escenario hay dos estatuas de un Cristo y de la Virgen María, una Dolorosa, de la cual obtendrá Tosca el estilete o puñal para clavárselo a Scarpia en la escena final del II acto; buen idea en lugar del cuchillo con el que cenaba Scarpia, aunque, claro, hay que imaginarse una habitación del Palazzo Farnese con semejante decoración. En cuanto al tercer acto, la sobriedad es máxima: el pastorcillo canta en el foso, por cierto, el foso le dio una proyección vocal excepcional, no hay más presos encerrados junto a Cavaradossi, y para el fusilamiento no aparece ningún pelotón, sino que Cavaradossi se coloca en el centro del escenario y se deja caer al oír la descarga. Tosca tampoco se suicidará saltando de la torre de la cárcel, sino que se suicida al lado de Cavaradossi, y , aquí viene el susto, el Cristo-estatua, que estaba al lado izquierdo del escenario, cobra vida - se ve que en este acto es un figurante, que aguantó impertérrito toda su duración-, y se acerca a Tosca para hacerle reposar su cabeza, la de Tosca, en su seno, el de Cristo, es obvio.
Otro detalle que me gustó es que al abrirse las puertas del fondo de la habitación donde cena Scarpia -unos grandes paneles-, se ve todo un archivo, se supone que el archivo secreto de esa Stasi que está a las órdenes de Scarpia, y que justo cuando le anuncian la derrota de su bando, rápidamente sus esbirros, todos ataviados con sotanas, se disponen a destruirlo para no dejar pruebas de su ignonimia.
La orquesta y el coro, los de la Comunidad de Madrid, sonaron bien, aun cuando hubo puntuales problemas de afinación en la orquesta. Miguel Ángel Gómez Martínez conoce a fondo la obra y mostró muchos detalles de gran maestro en su estructuración, y obligó a la orquesta a forzar dinámicas, obteniendo pianissimi de gran calidad.
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