miércoles, 8 de septiembre de 2010

Una noche en la ópera (9) - Eugen Onegin


Tras el paréntesis veraniego, comienza una nueva temporada en el Teatro Real, con más expectación que nunca por la llegada de Mortier. El despliegue de energía que está llevando el Sr.Mortier junto a la alta dirección del Teatro Real -Sr.Muñiz y Sr.Marañón-, para limpiar la imagen tan negativa que algunos sectores musicales y quizá gran parte del público operófilo madrileño atribuyen al Sr.Mortier, es indudable. En el corto espacio de unos días han aparecido reportajes más o menos extensos en Ritmo, El Cultural, e incluso una entrevista de Iñaki Gabilondo en su programa de CNN al mismísimo Mortier con un español bastante aceptable.
Asistí a la representación de Eugen Onegin, con todas las huestes del Bolshoi en la producción de Tcherniakov. De este conocía la puesta en escena de Bodas de Fígaro que retransmitieron por Arte desde Aix-en-Provance, y me defraudó mucho: es la neurosis como comportamiento existencial de todos los personajes. En este caso reconozco que encuentro muchos puntos a favor de esta puesta en escena, aunque también algunos negativos.
Entre los positivos, la construcción de los personajes es todo un acierto. Ninguno de ellos es monocromo, sino que están dotados de sentimientos varios. La timidez y retraimiento de Tatiana no la había visto tan clara en ninguna otra representación. La ilumaninación es también estupenda. Y en cuanto a la escenografía, es un claro tour de force el restringirse a un salón enorme con una gran mesa ovalada en el centro, pero aún así solventa cada escena aunque fuerce alguna -por ejemplo, en lugar de escribir la carta en su dormitorio, se ve obligado a crear una sonámbula Tatiana que permanece en el salón presa de su agitación-.
Entre los negativos: el escenario estaba demasiado aforado, y la distancia entre voces y orquesta, de más de 10 ó 15 m permanentemente, hizo inaudible cualquier matiz por parte de los solistas. El coro tuvo claros problemas de empaste, en su intervención del segundo acto fue siempre por detrás de la música, y en la escena del duelo entre Onegin y Lensky liaron un buen galimatías. No es de recibo que las coplas de Triquet las cante Lensky, sin justificación alguna desde un punto de vista dramático. Como tampoco se comprende que el duelo sea transformado en una lucha a mamporros en el salón con todos los invitados delante, y la muerte sea acccidental, al dispararse una escopeta sobre la que ambos forcejeaban.
Los solistas cumplieron con suficiencia, excepto el Lensky de Andrew Goodwin, con problemas en la zona aguda y sin posibilidad de realizar un canto pleno; eso sí, pianos muy buenos y color vocal algo blanquito. La Tatiana de Ekaterina Scherbachenko fue la mejor de la noche, con más recursos vocales y dramáticos; espectacular su aparición como mujer adulta en el tercer acto. Vladislav Sulimski como Onegin posee una bella voz, meliflua y nunca forzada, aunque falta de proyección, por lo menos en las circunstancias dadas.
Otro error escénico fue el mantener presente a Gremin al comienzo de la segunda escena del 3º acto, justo como si Tatiana estuviera contándole todas sus dudas y temores ante la reaparición de Gremin. Luego este desaparece de escena y Tcherniakov lo saca de nuevo a las tablas cuando justamente están Tatiana y Onegin dirimiendo su imposibilidad amorosa; y en lugar de tomar parte en esa situación, que es la reacción lógica cuando al entrar en una habitación ves a tu sobrino sollozando a los pies de tu mujer, se queda entre petrificado y pasmado...
La orquesta tuvo momentos excelentes, pero faltó equilibrio entre las secciones: las trompas siempre muy fuerte, y los violines primeros, de bellísimo color, a veces inaudibles ante violas y cellos.

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