
He tenido la suerte de asistir a tres representaciones de Salomé de Strauss, dos en Viena y una en Madrid dentro de un Festival de Otoño por una compañía rusa. Aún así sentía una gran curiosidad y expectación por presenciar este título de nuevo en el Teatro Real en la producción de Robert Carsen, y aunque no tan convincente como Les dialogues de Carmelites, una auténtica obra maestra tanto en la música como en su puesta en escena, sí que hay muchas ideas interesantes.
Ambienta la ópera en tiempos modernos, en el sótano donde está la cámara acorazada del casino Cesar's Palace en Las Vegas. Esta ciudad se toma como símbolo de todos los pecados, y donde pueden darse la degradación moral de los personajes. En contra: ¿qué hace Jochanaan encerrado en la cámara acorazada? ¿Cómo que se permiten a los huéspedes-invitados ludópatas del casino ir al sótano donde está la cámara acorazada? ¿Por qué todo el vestuario es moderno menos el de Jochanaan? ¿Y la aparición de Jochanaan en el escenario descorriendo la pared del fondo y mostrando un desierto?
A favor: la escena de los siete velos está muy bien resuelta desde una nueva perspectiva. Es tal la atracción de todo el sexo masculino por Salomé que siete invitados realizan una coreografía desnundándose; en esa misma escena es convincente que Salomé aparezca en escena como un doble de su propia madre. También la idea de derramar una lluvia dorada desde las distintas cajas de seguridad cuando Herodes intenta convencer a Salomé de que desista de su petición es muy sugerente. O la idea de que Herodes grabé la danza de los siete velos con una cámara, cuyo resultado se ve en las pantallas de seguridad instaladas en esa planta sótano.
Tanto la iluminación, siempre una de las bazas de Carsen, como el movimiento de actores me parecieron un acierto.
En conclusión, aunque no plenamente acertada, aquí y allá había ideas que permitían seguir con interés la puesta en escena.
El primer reparto tuvo a una Nina Stemme superlativa en todos los sentidos. ¡Magnífica voz, dotada de todos los recursos que se puedan pensar! Acabó la ópera sin mostrar signos de fatiga, consecuencia de un canto inteligente que sabe cómo ahorrar esfuerzo para llegar a la endemoniada escena final sin haber agotado el combustible. Era la primera vez que la veía en directo y reconozco que caí rendido ante ella. Como Herodes cantó Gerhard Siegel, al que conocía de su participación en Wozzeck en el Teatro Real hace unos años. Es un tenor de voz timbrada, y esa expresión histérica que va muy bien al personaje de Herodes. Como Herodias, la veterana Doris Soffel, actriz excelente, demostró como dotar de toda la expresión posible a un personaje que a veces se propone a voces en franca decadencia; no es su caso. El Jochanaan de Wolfgang Koch está dotado de agudos brillantes, pero el centro y el grave de la voz no son audibles ni todo lo carnosos que demanda el papel. Además su presencia escénica era demasiado dubitativa y acobardada, nada del aura de atracción-miedo que un profeta ha de poseer.
El segundo reparto era algo inferior al primero. Annalena Persson, desconocida hasta hoy por mi, cumple con este papel, de los más difíciles para soprano; posee una voz que corre y la maneja con facilidad, con tesitura igualada y agudos bien colocados. Irina Mishura, como Herodias, tuvo ciertos problemas de emisión en la zona de paso entre el centro y el grave, mientras que el Herodes de Peter Bronder también bordea por momentos el histerismo. Como Jochanaan cantó el norteamericano Mark S. Doss, bastante mejor tanto de presencia vocal, voz granulosa y de buena anchura, como presencia física que el del primer reparto.
Uno de los puntos negros de las dos noches fue el flojísimo Narraboth de Tomislav Muzek, voz deficiente y sin línea alguna, además de tener ya problemas en la emisión de su primera frase "Wie schön ist die Prinzessin Salome heute Nacht".
La dirección de López Cobos fue atenta, aunque dada la dimensión del grupo instrumental, era imposible no tapar a las voces en muchas ocasiones. Fue buen acompañante atento siempre a que nada se desmandara, pero se echaba en falta un punto mayor de arrebato en algunos momentos.
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